RECULL DE NOTìCIES INTERESANTS


A PARTIR DE AHORA ESTA SECCIÓN CONTINUARÁ ACTUALIZÁNDOSE EN EL BLOG DEL PROFESOR.



Sorprendentes avances en el desarrollo de la tecnología de la invisibilidad.


El dispositivo en cuestión está creado en la Universidad de Duke, y es capaz de hacer los objetos invisibles en la región del espectro perteneciente a las microondas. El siguiente paso sería modificarlo para trabajar en infrarrojo y luz visible, y de este modo ocultar objetos 3D a los ojos humanos.
También veremos el desarrollo de unos científicos japoneses con la misma finalidad pero utilizando cámaras, un proyector y una superfície reflectante, asombroso.





Cabra montés extinta resucitada por clonación. (4t ESO)

Por: Ariel Palazzesi @ lunes, 02 de febrero de 2009


La especie cabra montés pirenaica (Pyrenean ibexo Bucardo) se ha convertido en el primer animal extinto “resucitado” mediante la clonación. Se trata de un tipo de cabra salvaje declarada oficialmente extinguida y cuyo último representante fue hallado muerto en España en el año 2000. Se reemplazó el material genético de cabras domésticas por el de este ejemplar, y nació una hembra de cabra montes pirenaica.
La última cabra Pyrenean ibexo había sido encontrada muerta el 5 de enero del año 2000, en el paraje de la Faja de Pelay, dentro del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido, en Huesca, España. El ejemplar había sido capturado el año anterior y se le había colocado un transmisor que permitiera a los científicos seguir sus movimientos. El cadáver se encontró debajo de un árbol caído, y se cree que pudo morir a consecuencia de un golpe. En ese momento se la declaró oficialmente extinta, pero se conservaron muestras de ADN tomadas de su piel para algún día, mediante técnicas de clonación, obtener nuevos ejemplares de esta especie. Luego de dormir durante casi una década en nitrógeno líquido, los científicos emplearon el material de esas células para reemplazar secciones del código genético de un embrión de cabra doméstica común. Al nacer el ejemplar tuvo lugar el milagro: la cabra montés pirenaica se ha convertido en el primer animal extinto en ser clonado.

Mucha gente cree que esto ya había sido logrado hace años, quizás por la influencia que han tenido en el subconsciente películas como “Parque Jurásico”, pero en realidad nunca se había logrado antes clonar un ejemplar de una especie ya desaparecida. Sin embargo, no todas son buenas noticias. Lamentablemente, la cabra recién nacida murió poco después del alumbramiento debido a un defecto físico en sus pulmones. Este tipo de problemas han tenido lugar también al clonar ovejas. Sin embargo, el avance ha servido para mostrar a los especialistas que es posible utilizar la clonación para salvar especies en peligro y recuperar especies extintas a partir de muestras de tejido congelado. Perfeccionando la técnica, algún día será posible incluso clonar especies más antiguas, como los mamuts lanudos, e incluso algunos dinosaurios.

El doctor José Folch, del Centro de Investigación y Tecnología de los Alimentos de Aragón, en Zaragoza, España, tuvo a su cargo la investigación junto con colegas del Instituto Nacional de Investigación de Agricultura y Alimentación de Madrid. Según Folch, “el ejemplar obtenido era genéticamente idéntica a la Bucardo. En especies como esta, la clonación es la única posibilidad de evitar su completa desaparición." La cabra montés pirenaica, que posee unos distintivos cuernos curvados, era muy común en el norte de España y en los Pirineos franceses, pero la caza masiva a la que se las sometió durante el siglo XIX redujo su número a menos de 100 individuos. En 1973 se pudieron contar solo 30 ejemplares. La última, una hembra de trece años bautizada Celia, fue la que “donó” el material genético para este experimento.
En total, y mediante el método de transferencia nuclear que dio origen a la famosa oveja Dolly, los científicos crearon 439 embriones, de los cuales 57 fueron implantados en hembras. Siete de ellas aceptaron el implante, y solo una logró llegar al momento del parto con el feto vivo, aunque el pequeño animal no pudo sobrevivir más que unos minutos.
Hay dos lecturas que se pueden hacer de estos resultados. En primer lugar, los científicos han avanzado lo suficiente en sus técnicas de transferencia de material genético entre una especie y otra como para hacer posible el alumbramiento de ejemplares que se encuentran extintos. Gracias a estos avances posiblemente veamos, dentro de algunas décadas, mamuts u otros animales extintos vivos nuevamente. Pero mucho más importante debe ser la preservación de las especies. Como puede leerse a lo largo del articulo, no es una tarea fácil “resucitar” una especie desaparecida. Estamos hablando de una cabra que se extinguió hace menos de 10 años, cuyo material genético fue conservado en condiciones óptimas, y aún así de 439 embriones disponibles solo nació un animal, cuyos defectos físicos lo condenaron a muerte solo unos minutos después del alumbramiento. Evidentemente, debería ser más fácil dejar de cazar indiscriminadamente (o de modificar el hábitat de las especies amenazadas) que tener que pasar por todo este proceso para recrearlos mas tarde. Prevenir en lugar de curar, que le dicen.
Edward Rubin, director del Genome Institute, quien también estaba trabajando en el ADN extraído de este hueso, se muestra confiado. “Tengo toda razón para creer que esta será la auténtica secuencia de un Neandertal”, dijo Rubin a Nature. ¿Por qué habría razones para dudar? Se creía que el ADN neandertal había sido contaminado por ADN de humano moderno. Pero luego de un análisis de las mitocondrias del genoma los científicos desestimaron la posibilidad.

Lo cierto es que 38.000 años es mucho tiempo y la degradación del ADN era la esperada (fragmentos de 50-60 pares bases). Pero gracias a una tecnología desarrollada por la empresa 454 Life Sciences, los científicos pudieron completar su tarea. Más aún, recientemente el grupo de Max Planck ha logrado extraer ADN de otros cinco neandertales, así que están en camino de crear una librería de genomas que permitirían mejores comparaciones y estudios. Y no, no hay planes de revivir al neandertal, como se hiciera con la cabra montés o se quiere hacer con el mamut.



Se completó el genoma Neandertal

(4t ESO)

Por: Max Ferzzola @ lunes, 09 de febrero de 2009


El genoma completo de un Neandertal de 38.000 años ha sido secuenciado por un grupo de científicos alemanes del instituto Max Planck en Leipzig. Con un costo de 5 millones de euros y luego de tres años de arduo trabajo, los científicos esperan poder hacer una comparación sin precedentes entre el humano moderno y sus parientes evolucionarios más cercanos.

El proyecto del Instituto Max Planck para la Antropología Evolucionaria, con sede en Leipzig, ha dado los frutos esperados: la secuencia completa del genoma de un neandertal de 38.000 años está completa. La aventura duró 3 años y costó 5 millones de euros. En ese tiempo, y con ese dinero, Svante Pääbo y sus colegas de Max Planck trabajaron arduamente en secuenciar el genoma del ADN extraído del hueso de un neandertal encontrado en Croacia, cerca de la ciudad de Vindija.

La secuencia completa, que según la revista Nature será revelada en breve, servirá para comparar el genoma de los neandertales (Homo neanderthalensis) con el de los humanos (homo sapiens) y develar, de una vez y por todas, si hubo cruce entre especies. Además, esta secuencia daría pistas sobre cómo fue el desarrollo de esta especie, sus características físicas y cómo se adaptaron al medioambiente y se inmunizaron ante las enfermedades. Con una similitud del 99%, y aunque el genoma esté completo, aún queda mucho por hacer. Richard Green, un biólogo informático, será el encargado de comparar los 3 mil millones de pares bases del genoma, en busca de alguna pista.



Proceso de hominización y lenguaje

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por Sebastià Serrano. Departamento de Lingüística General, Universitat de Barcelona.


Uno de los temas estrella de la reflexión científica de los últimos años ha sido, y es, el de la construcción de la mente como propiedad emergente de la actividad cerebral y del papel representado por el lenguaje en este proceso tan fascinante. Si nos situamos en el umbral de los seis millones de años atrás, nuestros antepasados directos no serían demasiado diferentes de los actuales chimpancés tanto en lo referente a sus habilidades comunicativas como a la organización social. Y, entonces, nuestros antepasados iniciaron un recorrido de naturaleza irreversible consistente en cambios biológicos correlacionados con cambios en la actividad cognitiva y en el comportamiento mediante el fenómeno de retroalimentación más fantástico que podamos imaginar hasta llegar a nosotros, sapiens, como punto y final. A este recorrido lo llamamos proceso de hominización y para reseguirlo, y reconstruirlo, muy a menudo vamos realmente a tientas, tanto por las pocas trazas que tenemos de él, sobre todo de las primeras tres cuartas partes, como por la dificultad de interpretarlas.
El punto de partida de este proceso, como resultado de cambios sustanciales en los ecosistemas que enmarcaban la vida de nuestros antepasados, fue la bipedestación. De la vida primate, más o menos halagüeña, configurada a partir de las abundancias de la espesura de los bosques en hojas y en fruta, fueron arrojados, en unos cuantos miles de generaciones, a las incertidumbres de la sabana, donde, para ganarse la vida, haría falta afinar el ingenio y hacer buenas inversiones en la bolsa de las relaciones sociales. Al andar derechos, aquellos primates antepasados nuestros iniciaron los cambios biológicos que, a través de la hominización biológica y la humanización cognitiva y cultural, habrían de conducir hasta la única especie homínida existente desde hace unos treinta mil años, la nuestra. Reflexionemos ahora un poco sobre estos cambios biológicos y sobre las posibles consecuencias de cara a configurar el proceso de humanización, en el cual tendría un papel decisivo el lenguaje.
Del primer tercio del recorrido por estos seis millones de años de especies homínidas sabemos muy poco. Sólo la certeza del andar sobre un par de pies y algunos indicios de cambios en la configuración mandibular –respecto de los chimpancés– consistente en una escasa reducción de los colmillos y de los caninos, lo que podía hacer pensar que los cambios en la ecología tenían efecto en algunos cambios en la dieta de aquellos primeros Ardipitecus y, después, Australopitecus. Con todo, no estamos en condiciones de afirmar nada en relación con cambios en su organización social o en sus formas de comunicación. Ahora bien, de la primera mitad del segundo tercio, con los australopitecos, ya tenemos toda una multitud de signos que nos permiten confirmar una muy buena adaptación a la sabana. Disponemos de cráneos casi enteros y, si bien de la parte blanda de su interior no hemos podido conservar nada, el análisis de las placas endocraneanas, realizado, entre otros, por Tobias y Holloway, nos podría sugerir tanto una cierta inflexión hacia la distinción de aquellas zonas cerebrales que en nosotros corresponden a las áreas de Broca y de Wernicke, directamente relacionadas con el lenguaje, como también un cierto grado de lateralización cerebral.
De lo que sí que estamos muy seguros es del continuado proceso de reducción de los dientes caninos, a pesar de ser una adaptación poco habitual en los primates. La mayor parte de grandes primates tienen grandes caninos de uso muy polivalente, puesto que tanto sirven para amenazar como para luchar con competidores o para defenderse de depredadores. Ved aquí cómo estos colmillos igual son espada que escudo y, en cambio, una buena parte del camino de la hominización resulta ser un proceso de reducción de estos elementos tan emblemáticos de los grandes primates. La explicación del porqué sería larga y compleja, si bien algunos detalles son del todo pertinentes en nuestro discurso. Quién sabe si la reducción no podría estar relacionada con otra reducción indicativa de cambios en la vida social del grupo, la reducción de la competición y de la lucha entre machos por el acceso a las hembras. Más verosímil parece el uso cada vez más polivalente de unas manos que deben tener un papel clave en todo el proceso de hominización e incluso de unos puños o quién sabe si de unas tempranas armas de madera y, por qué no, un uso cada vez más frecuente de pactos, lo que exigiría la presencia de algun tipo de comunicación simbólica. Aun así, la competitividad entre machos todavía debía ser fuerte en los australopitecos si nos atenemos al dimorfismo sexual que presentan.
Esto nos conduce a interpretar la reducción más en relación con los cambios en la dieta que con los cambios en el sistema de competición y de lucha, lo que ligaría con el hecho de que los dientes homínidos son cada vez más robustos, esmaltados y preparados para triturar y que reflejan una adaptación para masticar fibras o comidas caracterizadas por un cierto grado de dureza que requerirían una buena preparación masticatoria antes de poder ser digeridas. Justo es decir que grandes caninos y dientes masticadores se contradicen, puesto que juntos confieren poca movilidad a las mandíbulas. En cambio las masticadoras y trituradoras potencian la movilidad mandibular, y esto, a la larga, favorecerá la configuración de las caras para facilitar una expresividad que ayudará a desarrollar diferentes formas de comunicación, primero no verbal y después verbal. Observemos que unas manos cada vez más libres y más polivalentes y una boca que gana en movilidad a la vez que ayuda a reconfigurar la cara son elementos necesarios –no sabemos si suficientes– para empezar a disparar la comunicación hacia el componente simbólico. Añadamos los indicios –sólo indicios– de reducidos incrementos de masa encefálica y de reconfiguración de los cerebros. Parece como si ya estuviera todo preparado hacia la transición a las herramientas de piedra.
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Permítaseme añadir todavía algunos cambios en la configuración general del cuerpo de los machos y, sobre todo, de las hembras homínidas que tendrían que afectar al despliegue de diferentes habilidades comunicativas, de bienes gananciales en atractivo y, como consecuencia, de cambios en el orden social establecido que potenciarían la gran transición hacia la emergencia del género Homo. Primero, la regresión del pelo, relacionada con la instalación de este sistema de refrigeración que denominamos aparato de sudoración, y que deja una piel más agradable de tocar y un cuerpo más expresivo. Después, en las hembras, la desaparición de los períodos de celo y, con ellos, de todos los signos del ovulación, que quedará escondida para siempre jamás estableciendo una barrera que separará aquellas hembras y sus descendientes de todas las hembras mamíferas que hacían de la ostentación de los signos de fertilidad una señal de identidad. Además estas hembras verán la persistencia continuada, durante una buena parte de su vida, de los pechos carnosos y pendulantes con total independencia de los períodos de amamantamiento. Estos importantes cambios en la configuración del cuerpo pensamos que debían ir correlacionados con cambios de naturaleza bioquímica en el trasfondo de la comunicación interna del cuerpo que potenciarían, a la vez, un despliegue emotivo que consideramos del todo relacionado con cambios en el orden social que pedían sistemas de comunicación cada vez más sofisticados.
En el proceso de hominización que reseguimos, además del bipedismo, la remodelación del sistema mandibular y una cierta remodelación general del cuerpo tenemos un cambio biológico fundamental: el aumento del volumen y de la complejidad del cerebro. De hecho, en este último sentido, no encontramos cambios sustanciales hasta hace unos 2,5 millones de años aproximadamente, en que los hallazgos paleoantropológicos nos ponen al alcance cráneos que muestran un crecimiento no alométrico –relación peso del cerebro con el peso del cuerpo– de la masa encefálica que debían contener. Un incremento espectacular que llega –e incluso rebasa– el cincuenta por ciento: oscila entre los 600 y los 800 cm3, cuando el cerebro de los australopitecos iba de los 400 a los 500 cm3. Además, y por primera vez, el mismo tabernáculo que envolvía los restos de los cráneos –y de muchos huesos más– guardaba también preciosas herramientas de piedra supuestamente creadas y usadas por aquellos individuos que fueron bautizados como Homo habilis, una especie, ya, de otro género. Por primera vez estamos ante una tecnología –denominada M1 u olduvaiense por los expertos– que hacía pensar en todo un proceso de fabricación y de uso y que suponía una actividad cognitiva de bastante complejidad. Los primeros hallazgos tuvieron lugar en Olduvai y poco después también en Hadar, casi al lado de donde había vivido un millón de años antes la emblemática Lucy. ¿Qué debió ocurrir desde los tiempos de la Lucy hasta los primeros Homo habilis? ¿Cómo se produjo este crecimiento espectacular del cerebro?
Quién sabe si una parte de la respuesta no la podríamos inferir al observar los moldes endocraneanos de los caparazones de los habilis encontrados. Al parecer, en los primeros Homo permanecen constantes –respeto a los australopitecos e incluso a los chimpancés– las áreas cerebrales primarias –quizás con una exigua reducción de la visual primaria– mientras que hay un considerable incremento de las áreas de asociación parieto-temporal y prefrontal. Esto quiere decir que debió haber actuado una especie de proceso de selección por la expansión neocortical especialmente por determinadas áreas –las de asociación– más que por un aumento global del cerebro. Y hoy conocemos muy bien cómo la corteza asociativa resulta ser la base de las funciones cognitivas complejas y de los comportamientos relacionados con ella. Además los lóbulos prefrontales, los vinculamos directamente a la memoria de trabajo –la recuperación de la información almacenada en función del contexto y de la conducta a seguir– y con funciones ejecutivas como la planificación, la iniciación o la inhibición de la actividad comunicativa, la capacidad de secuenciar, la flexibilidad mental, la creatividad o la imaginación. No en vano los lóbulos prefrontales han sido considerados como el cerebro directivo, el cerebro ejecutivo, en fin, el cerebro de la civilización.
Llegados aquí, la pregunta clave sería el porqué del crecimiento galopante de las zonas prefrontales y de asociación del cerebro en el punto de la evolución homínida que llevaría a la emergencia del nuevo género del Homo habilis. Nuestra hipótesis pretende ligar la prefrontalización del cerebro a la manipulación de signos mediante el uso de algún tipo de lenguaje simbólico. Esto explicaría el espectacular crecimiento no alométrico de estas partes del cerebro tan ligadas a la planificación, al despliegue de programas, a la atención y la concentración y al aprendizaje. En este sentido, muy probablemente, la expansión prefrontal no sería tanto la causa del despliegue del lenguaje –un protolenguaje– sino más bien su consecuencia. Así, los primeros pasos hacia el lenguaje –mediante la creación de algún tipo de protolenguaje– serían dados por los amigos y las amigas de la Lucy o sus camadas, australopitecos, que, con unas capacidades cognitivas un poco por encima de los chimpancés actuales, casi sin darse cuenta cruzarían el umbral de los espacios simbólicos y esto iniciaría un maravilloso juego de retroalimentación, una fascinante historia de ir y venir donde el uso de símbolos seleccionaría una más grande prefrontalización que, al mismo tiempo, permitiría más eficiencia articulatoria, más capacidad de discriminación auditiva, de flexibilidad y de secuenciación que empujarían hacia el engrandecimiento de la prefrontalidad, de las zonas de asociación parieto-temporales y de los espacios límbicos vecinos.
Más arriba nos habíamos referido a la interacción de factores ecológicos, dietéticos y sociales en relación con los cambios biológicos que caracterizan el proceso de hominización. En ninguno de los casos resulta tan claro como en el del engrandecimiento del cerebro. Ya sabemos de la adaptación a la sabana y de cómo la carne debió entrar a formar parte de la lista de comidas de los australopitecos tardíos. Probablemente, primero como un recurso más, pero muy pronto, cuando probaron las ventajas, procuraron comer tanta carne como podían conseguir. Aparte de la aportación básica en proteínas, y en minerales escasos en la naturaleza, como el fósforo, tan necesarios para el cerebro, el aporte calórico de la carne era indiscutible. Por ejemplo, 100 gramos de carne aportan 200 kilocalorías, mientras que la misma cantidad de fruta aporta poco más de sesenta y cien gramos de hierba sólo ofrecen entre 10 y 20 kilocalorías. Y, claro, al cerebro le hace falta una gran aportación calórica.
Por tanto, habrá que pensar en todo un sistema de estrategias para acceder a la carne, y he aquí que eso pasaría por un verdadero establecimiento de mecanismos de altruismo recíproco para el cual harían falta pactos y compromisos entre machos y entre machos y hembras y entre todos los miembros del grupo a fin y efecto de permitir a las hembras y a la camada el acceso a la carne mientras, como contrapartida, los machos disfrutarían de una especie de seguro de la paternidad. En definitiva, generaría un orden social bastante diferenciado del de las sociedades chimpancés y, seguro, del de las primeras sociedades homínidas. La generación de este nuevo orden social debía exigir ya el despliegue de un repertorio simbólico que tendremos que considerar como un lenguaje temprano o protolenguaje, repertorio muy limitado al comienzo y que, además, costaría bastante de interiorizar. Su ampliación –muy lenta– y la selección en pro de facilitar la adquisición debieron hacer soplar el viento a favor del engrandecimiento del cerebro y del crecimiento de aquellas zonas del cerebro más relacionadas con el proceso de enganchar la biología a la cultura emergente.
Las primeras herramientas encontradas –de 2,5 millones de años– son una buena muestra de que aquellos homínidos, ya Homo, debían haber entrado de lleno en el nicho de la carne. Ya debía estar un poco lejano el tiempo en que la negociación social de la actividad reproductiva había permitido diseñar los primeros proyectos familiares que acabarían modificando el orden social existente y en el que la sinergización entre caminos biológicos y cambios sociales iba diseñando la nueva arquitectura de unos cerebros cada vez mejor dispuestos para dedicar una parte importante de sus circuitos al despliegue de un lenguaje que debió pasar de un muy limitado repertorio, poco flexible y con dificultades de adquisición, a una cada vez más poderosa herramienta mental capaz de ayudar a fortalecer una buena representación del yo, del entorno y quién sabe si del mundo entero. Con todo esto, hacia 1,8 y 1,5 millones de años aproximadamente, el proceso debió vivir otro engrandecimiento del cerebro –pasando la barrera de los 1.000 cm3– si bien en este caso el crecimiento es del todo alométrico, puesto que debía corresponder a un crecimiento general del cuerpo. Una considerable modificación del aparato mandibular, la práctica desaparición del dimorfismo sexual y unos remarcables refinamientos en la producción de las herramientas nos hacen concebir este Homo ergaster que hemos visto emerger hace 1,8 millones de años como nuestro auténtico antepasado.
Hace aproximadamente medio millón de años se produjo un segundo aumento de tamaño no alométrico del cerebro con un crecimiento superior, otra vez, de los lóbulos frontales (prefrontales y de las zonas de asociación así como de los espacios límbicos vecinos. Lo constatamos en el Homo heidelbergensis, del cual sería un buen representante el famoso cráneo 5 de Atapuerca (en torno a los 400.000 años). Estaríamos ya ante un cerebro moderno y, muy probablemente, lo que lo separa de verdad de los cerebros de hoy viene dado por la cultura. El cerebro prefrontal es un universo de conexiones, el espacio de sinapsización más fascinante que mantiene ligaduras con todas las zonas de la neocorteza límbica. Justo es decir que el primer engrandecimiento de los prefrontales ya debía haber ligado las vocalizaciones con objeto de llevarlas por el camino de la conciencia y ponerlas bajo los criterios de la voluntariedad y de la intencionalidad, el primero de los pasos para domesticar la voz, condición necesaria para tejer la red de un lenguaje. Pensamos que las vocalizaciones de los primates (chimpancés) no están controladas por la corteza sino que responden a estructuras neurales filogenéticamente más antiguas ubicadas en el tronco encefálico y en el sistema límbico y que participan en la expresión de las emociones.
Aquel engrandecimiento ya vio también un considerable incremento de los núcleos límbicos implicados en las sensaciones de placer y en el bienestar del comportamiento amistoso. Todo iba a favor de la inversión en sociabilidad. Y con los prefrontales crecía la motivación y la concentración y el aprendizaje debía ligar una algoritmia fantástica, mientras que la actividad motora y la memoria se entendían cada vez mejor. El lanzamiento de un objeto para hacer blanco en un animal exigía un dificilísimo cálculo mental que cuando se activaba usaba la misma circuitería cerebral –habría una parte de la algoritmia común?– que en el cálculo que permitiría la producción verbal. Hay un gran paralelismo entre la actividad de la mano y del brazo y de la boca, la lengua y la laringe. Los últimos años han visto también el hallazgo de estos famosos huesecillos, los hioides –en Atapuerca y Kebara– que serían como eslabones necesarios para situar la laringe en su sitio y, teniendo en cuenta el diseño del aparato bucal, reunir todas y cada una de las condiciones para desarrollar un lenguaje. Los refinamientos de los cálculos mentales, sociales y afectivos acabarían haciendo emerger la sintaxis como conjunto de principios y procedimientos que permiten organizar el listado léxico de tal forma que las largas cadenas de palabras pueden ser enunciadas y comprendidas sin gran esfuerzo. Quién sabe si este lenguaje ya completamente desarrollado no sería el criterio de selección que hace un cuarto de millón de años abrió la puerta a los primeros antepasados y las primeras antepasadas de nuestra especie, los y las sapiens. external image SIGNOACT.jpg

external image SIGNO2.jpg © MÈTODE. Universitat de València



10.000 años muy bien llevados

Hallado en Siberia un bebé de mamut que se ha conservado casi íntegro gracias a los hielos

EFE / ELPAIS.com - Moscú / Madrid - 11/07/2007
Un pastor de la región siberiana de Yamal, en Rusia, halló el pasado mes de mayo una cría de mamut congelada y casi intacta. Se trataba de una hembra. La mamut recibió el nombre de Liuba, en honor a la esposa de Yuri, el pastor.
El animal fue hallado en un recodo del río Yuribel, cerca a su desembocadura en mar de Kara, ha informado la agencia Itar-Tass. Según los científicos, cuando Lubia pereció en un pantano hace más de 10.000 años tenía apenas un año, media 130 centímetros de altura y pesaba cerca de 50 kilogramos.
Este segundo mamut bebé encontrado en Yamal, tiene especial importancia para los científicos debido a que el paquidermo se ha conservado íntegro en los hielos y tiene intactos hasta los ojos y la trompa.
"Es un descubrimiento excepcional pues es la cría de mamut mejor conservada de todas las halladas en todo el mundo", dijo Natalia Fiódorova, directora adjunta del museo paleontológico de la ciudad de Salejar donde se encuentra Liuba en una cámara especial.
Fiódorova recordó que la cría de mamut fue el centro de los debates de la IV Conferencia internacional sobre esos animales prehistóricos que se celebró el mes pasado en la ciudad de Yakutsk, también en Siberia.
Liuba será trasladada a Japón en las próximas fechas para ser sometida a nuevos análisis.
El cadáver de mamut congelado
El cadáver de mamut congelado

El cadáver de mamut congelado- REUTERS

Un genoma a partir del pelo de dos mamuts (Nivel: 4t ESO)

Un paso más hacia una futura 'resurrección' de la especie

MALEN RUIZ DE ELVIRA - Madrid - 20/11/2008
Saber en detalle cómo era el mamut, un animal extinto, conocer por qué estaba mejor adaptado al frío que sus parientes, los elefantes actuales, y sugerir una estrategia de resurrección para cuando la tecnología lo permita es algo que cada vez sale más del reino de la imaginación para entrar en el de la realidad. Científicos estadounidenses y rusos han conseguido secuenciar el genoma nuclear del mamut siberiano, a partir de muestras de pelo de dos ejemplares hallados congelados, uno de hace unos 20.000 años y el otro de hace 60.000 años.
Los investigadores han partido del pelo porque es menos sensible a la contaminación por bacterias y hongos que los huesos. Sin embargo, reconocen que el genoma, de unos 4.000 millones de pares de bases de ADN, está incompleto y en una parte sustancial (seguramente un 20%) representa el material genético de otros organismos presentes en las muestras. De todas formas, el logro, que se presenta hoy en la revista Nature, marca un hito en la secuenciación de grandes genomas, hito que ha sido posible por las nuevas técnicas de secuenciación rápida y barata, disponibles a partir de 2005.
Dentro de poco se espera conocer el borrador del genoma del elefante africano, del que se cree que el mamut difiere sólo en un 0,6%, la mitad de la diferencia entre el ser humano y el chimpancé. "Sólo cuando dispongamos del genoma del elefante africano podremos saber en qué porcentaje hemos secuenciado el del mamut", ha dicho Webb Miller, director del trabajo en la Universidad de Pensilvania (EE UU).
Por lo pronto, comparando lo que ya se conoce, los investigadores han hallado que los mamuts, que vivieron en el hemisferio norte, se dividieron en dos poblaciones hace dos millones de años, una de las cuales se extinguió hace 45.000 años y la otra sobrevivió hasta hace menos de 10.000 años. Un reciente estudio español concluyó que la especie humana actual, el Homo sapiens, llegó a contribuir a su extinción por la caza, debido a que el calentamiento global de la época le permitió extenderse hacia el norte de Europa, donde los últimos ejemplares, de hace sólo 3.700 años, se han encontrado en la costa ártica de Siberia.
Al ser un animal icónico, lo mismo que el dinosaurio cuya resurrección planteó Michael Crichton en Parque Jurásico, los científicos son los primeros que se preguntan si sería posible revivir un mamut, y la respuesta es que por ahora no. Sin embargo, Henry Nicholls explica en la misma revista que ninguno de los pasos imprescindibles para lograrlo hacen imposible ese sueño.
El caso del mamut es especial porque se han hallado momias congeladas muy bien conservadas y porque existe una especie muy próxima actual, el elefante. Svante Paabo, que trabaja en el muy esperado genoma del neandertal, una especie humana extinta, dice que lo más fácil sería hacer mamuts falsos, aplicando ingeniería genética a elefantes. Tendrían el aspecto de un mamut y los veríamos en los parques de atracciones.

Recreación de un mamut siberiano
Recreación de un mamut siberiano

Recreación de un mamut siberiano-


Resucitar al neandertal no es posible. Todavía

El genoma del mamut abre la puerta a revivir especies extinguidas - Las dificultades técnicas no son insalvables, pero surgen dilemas éticos

JAVIER SAMPEDRO 27/11/2008
El genoma recuperado de los hielos siberianos es un paso enorme que no osó imaginar ni el recién fallecido Michael Crichton en Parque Jurásico. De ahí a resucitar al mamut median obstáculos formidables que la genética actual no puede resolver. Pero todos los problemas son puramente técnicos, y se irán esquivando tarde o temprano.
El genoma recuperado de los hielos siberianos es un paso enorme que no osó imaginar ni el recién fallecido Michael Crichton en Parque Jurásico. De ahí a resucitar al mamut median obstáculos formidables que la genética actual no puede resolver. Pero todos los problemas son puramente técnicos, y se irán esquivando tarde o temprano. ¿Veremos un safari park en Siberia con los mamuts devueltos a la vida por la gracia del hombre? Y, sobre todo, ¿qué pasará después con los neandertales, segundo genoma fósil previsto?
Un óvulo fecundado humano y uno de mamut son casi lo mismo. Si el primero produce una persona y el segundo un mamut es por el genoma, o conjunto de los genes, que dirige el desarrollo y la evolución. El genoma del mamut consiste en 4.000 millones de bases, o letras químicas del ADN (aggcttcaa...), y secuenciarlo es determinar su orden exacto. Esto es lo que (casi) han conseguido recientemente científicos rusos y norteamericanos.
El genoma del mamut actual es una copia imperfecta de un libro (técnicamente, su cobertura es de 0,7 veces un genoma). Según estima el cazador de genomas fósiles Svante Pääbo, director del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva en Leipzig, una secuencia de "calidad razonable" precisaría una cobertura de 12 veces, o 12 libros imperfectos.
Y aún así, una "calidad razonable" significa un error por cada 10.000 bases (las letras a, g, c, t del ADN). Como el genoma de esta especie tiene unos 4.000 millones de bases, eso da un total de 400.000 errores. Y los "errores" en el genoma de papel se convertirían en "mutaciones" reales en el mamut reconstruido.
"Todavía no podemos devolver el mamut a la vida", dice el subdirector del centro de ADN antiguo de la Universidad de Adelaida, Jeremy Austin. "Una secuencia genómica no hace un ser vivo. Todo lo que tenemos ahora es un genoma parcial, con un considerable número de errores. Sería como intentar fabricar un coche con sólo el 80% de las piezas, y sabiendo que algunas están rotas".
Sin embargo, ninguno de estos impedimentos es insalvable. Sortearlos es sólo cuestión de más mamuts y más dinero. Y la solución a muchos otros problemas aparentemente más graves puede ser más simple aún: hacer trampas. Se trata de no obsesionarse con reproducir fielmente un mamut, sino en conformarse con algo que lo parezca. La evolución biológica, al fin y al cabo, es también una oportunista.
Por ejemplo, los genes del mamut son ahora entidades virtuales: textos (aagattcct...) escritos en un papel, o grabados en la memoria de un ordenador, y será preciso convertirlos en cosas, ADN real empaquetado en cromosomas palpables, para que sirvan de algo. "Aún teniendo un genoma completo y lo bastante preciso", apunta Jeremy Austin, "queda la cuestión de cómo construir los cromosomas". Ni siquiera sabemos cuántos cromosomas tenía el mamut.
Pero es probable que no haga falta. Dos especies de moscas indistinguibles a simple vista pueden diferir enormemente en su estructura cromosómica. Incluso dos personas diferimos algo en ella. Los elementos esenciales de cada cromosoma son los que inician su duplicación en cada ciclo de división celular -orígenes de replicación- y los que garantizan la distribución de las dos copias a las dos células hijas -centrómeros-. Y ambos se han sintetizado artificialmente con éxito.
Lo mismo vale decir para empaquetar los cromosomas en un núcleo. Y el resto son técnicas que no se han probado todavía en elefantes, pero que resultan ya cotidianas en otros mamíferos: introducir el núcleo en un óvulo, estimularlo para que empiece a desarrollarse e implantarlo en una elefanta. Se trata de los pasos de una clonación, aunque entre especies distintas, y una de ellas inexistente.
Por los proyectos conocidos hace años, el primer objetivo de una hipotética resurrección del mamut será probablemente un safari park. En 2002, por ejemplo, un equipo de científicos japoneses financiados por la compañía tecnológica Field inspeccionaron los hielos siberianos en busca de mamuts bien preservados. Les interesaban en concreto sus testículos, porque el esperma es uno de los tejidos que mejor se conservan en frío. Su intención era utilizar un espermatozoide para fecundar un óvulo de elefanta. Si naciera una hembra híbrida, la volverían a fecundar con otro espermatozoide del mamut original, y así hasta hacer un safari park de 150 kilómetros cuadrados en la república siberiana de Sakha, en el noreste de Rusia.
Si la finalidad de resucitar al mamut es exhibirlo en un safari park siberiano, las trampas pueden llevarse al extremo, tal y como sugiere Pääbo en Nature. El Instituto Broad de Cambridge, Massachusetts, uno de los nodos del proyecto genoma, trabaja ya en la secuencia de uno de los parientes vivos del mamut, el elefante africano Loxodonta africana.
Comparar los genomas de los dos paquidermos conducirá a los científicos a los genes clave que distinguen al mamut, en concreto a los responsables de su color oscuro, de su abundante pelo y, sobre todo, de sus aparatosos colmillos. Pääbo cree que la introducción de esos pocos genes en un vulgar elefante produciría algo lo bastante parecido a un mamut como para exhibirlo en un safari park. Un seudomamut de feria.
"No sería un mamut en ningún sentido que pudiera satisfacer a un purista", dice el genetista de Leipzig, "ni a un ecologista, ni al idealista que sueñe con restaurar un grandioso pasado perdido. Pero sería suficiente para un parque de atracciones y evitaría los problemas técnicos más peliagudos. Y es todo lo que puedo aspirar a ver en mis años de vida".
Michael Crichton acertó tres veces con su novela Parque Jurásico (1990). Primero, predijo la resurrección de especies extintas. Segundo, su exhibición en parques de atracciones. Y tercero, las trampas a la Pääbo. Sus científicos no pudieron recuperar ningún genoma completo de dinosaurio, así que introdujeron genes clave de dinosaurio en simples ranas (una elección discutible; el avestruz parece mejor opción, ya que las aves evolucionaron de los dinosaurios). Así que los monstruos jurásicos del parque no eran más que unos seudosaurios de feria incapaces de satisfacer a un purista. Ello no les impedía dar bocados.
El verdadero dilema ético es que, en cuanto se pueda resucitar al mamut, se podrá resucitar también al neandertal, pues éste será el segundo genoma fósil secuenciado. Ésta es una cuestión totalmente distinta, y no por cuestiones ecológicas. Los problemas técnicos serán tan formidables como en el caso del mamut. Pero también de modo similar, ninguno de ellos será insalvable. Y la solución estará en no obsesionarse con reproducir fielmente un neandertal, sino en conformarse con algo que lo parezca.
La comparación del genoma humano con el neandertal ya está en marcha, y poco a poco irá revelando los genes específicos del neandertal. Será entonces posible crear un seudoneandertal, pero la historia parece ahora muy distinta, porque hablamos de una especie humana inteligente, que cuidaba a sus enfermos y enterraba a sus muertos.
Los neandertales se extinguieron hace menos de 30.000 años. Las últimas poblaciones vivieron en Gibraltar. Su capacidad craneal era mayor que la nuestra, y las evidencias anatómicas y genéticas apuntan a que poseían la facultad del lenguaje. Se extendieron por todo el continente europeo durante cientos de miles de años, y coexistieron con nuestra especie, el Homo sapiens, durante cerca de 10.000 años en Europa. Nuestro papel en su extinción es un misterio.
En cualquier caso, el avance de la genética ha resultado más rápido de lo que imaginó Crichton, o cualquier científico en 1990. Los únicos genomas secuenciados por entonces eran de virus, con unas 10 kilobases (10.000 letras del ADN).
El genoma humano es 10.000 veces mayor, y los mamuts y dinosaurios andan cerca, de modo que leer un genoma fósil completo de estos animales era inimaginable (de ahí las ranas). Pero 20 años después es un hecho.
"El campo del ADN antiguo ha avanzado mucho desde el primer estudio, de 1984, que consiguió una pizca de material genético del quagga, una especie de cebra extinta", dice Michael Bunce, jefe de ADN antiguo de la Universidad de Murdoch, en Australia Occidental. Para este científico, como para la mayoría, el mayor interés de estos trabajos no es revivir a las fieras, sino aprender cómo los genomas computan a los organismos, cómo las variaciones de los genes alteran la forma y las características de las especies.
"Comparando los genomas del mamut y de los elefantes actuales, o del neandertal y los humanos modernos, podemos empezar a responder las cuestiones biológicas más fundamentales", afirma Bunce. "¿Qué genes son responsables de qué rasgos físicos? Comparado con sus primos africanos, ¿qué genes alteraron al mamut para adaptarlo a los climas fríos?
En el fondo, Bunce está buscando los mismos genes que los hipotéticos creadores del safari park, aunque por distintas razones: "¿Pero podremos en unos años devolver al mamut a la vida? Nada de eso. Que sepamos la secuencia de ADN de algo no quiere decir que podamos manipularlo genéticamente para recrear el organismo extinto. Este tipo de desarrollo es todavía una fantasía", sentencia el experto.
Pero hay una palabra que aparece por todas partes en este contexto: todavía.

Un túnel del tiempo

Hay túneles del tiempo genéticos que ningún novelista ha explorado, pero que los lingüistas utilizan a diario. No hay grabaciones de hace 10.000 años que demuestren que pie se decía pod en la lengua indoeuropea ancestral. Los lingüistas comparan pie, foot, vot, pes y pada, y deducen cuál es su origen evolutivo. Los biólogos pueden hacer lo mismo con los genes.
La comparación entre genomas y lenguajes es más que una metáfora, porque el ADN es un texto en sentido muy literal. Todos los genes tienen la misma estructura (la famosa doble hélice del ADN). La información genética está en lo único que distingue a un gen de otro, que es el orden de las bases (las letras a, g, c, t) en hileras. Como la información en un texto está contenida en el orden de las letras.
La comparación entre genomas de mamíferos permite reconstruir el genoma del primer mamífero. La comparación entre humanos, moscas y medusas revela el del primer animal, el origen de la evolución animal. Lo mismo vale para cada gen concreto. No hace falta recuperar físicamente aquel ADN de hace 600 millones de años. Se puede deducir, como la palabra pod.
Si hay una conclusión general, es que todas las funciones fundamentales estaban ya en el primer animal, hace 600 millones de años. La evolución ha consistido desde entonces en amplificar y refinar funciones concretas en cada linaje animal. Por ejemplo, los sentidos siempre han existido, y todos tienen una lógica genética similar. Pero los genes de los receptores sensoriales (olfativos, del tacto y demás) se propagan y retraen continuamente en el genoma para adaptarse a las demandas del entorno.
Los genetistas también exploran los futuros posibles. Utilizan los mismos mecanismos que la evolución, sólo que en simulaciones aceleradas. Por ejemplo, las proteínas suelen estar hechas de módulos, y la evolución genera novedad recombinándolos. Las opciones combinatorias son inagotables, y los seres vivos sólo usamos una pequeña fracción de las posibles. En el laboratorio se pueden crear muchas funciones nuevas por este método.
Un safari park verdaderamente rompedor no rescataría el pasado del hielo. Lo deduciría de sus herederos actuales. Y mostraría a éstos sus futuros posibles, aparte de una extinción cierta.